Introducción

La Educación intercultural cobra fuerza porque se reconoce el importante
papel de la educación formal en la formación para convivir entre diferentes
(Delors, 1992) más allá de la coexistencia. La educación intercultural
pretende trascender la noción de multiculturalidad, concepto descriptivo
que se refiere a la coexistencia de personas y/o grupos culturalmente diferentes
en espacios o territorios determinados; no se refiere a la relación
entre estas personas y grupos. La interculturalidad sí se refiere a ella y la
califica como una relación basada en el respeto y desde posiciones de igualdad.
El enfoque intercultural se convierte indispensable para toda la actividad
educativa de un país que quiere ser democrático en el cual existen diferencias
culturales. Tanto la multiplicación de los espacios de coexistencia
como el acortamiento de las distancias entre los diferentes, en más de un
sentido, exigen educar para respetar y convivir.
Las aproximaciones a la educación intercultural en contextos que difieren
por la característica de quienes coexisten, son diversos. No es lo mismo
la noción de interculturalidad, y por lo mismo de educación intercultural,
en un país que se forja a partir de la migración de culturas distintas, como
Canadá, que se precia de celebrar la diversidad y de incorporar el enfoque
intercultural en todas las actividades educativas en aulas siempre multiculturales,
que en otro que recibe migraciones de países más pobres y también
culturalmente diferentes, como la mayor parte de los países europeos y,
desde luego, Estados Unidos. Tampoco es lo mismo hablar de interculturalidad
y de educación intercultural en estos dos contextos que en realidades, como
las nuestras, donde la multiculturalidad es parte de nuestra historia y las
diferencias culturales entre el grupo dominante y las culturas originarias
han motivado desde intentos de exterminio hasta esfuerzos concertados a
nivel nacional de asimilación.
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